lunes 22 de febrero de 2010

Doyobi me quería, yo sé que me quería. Hoy estuve en nuestra plaza. Intuyo que estuvo ahí también, tal vez ayer u hoy mismo, no sé.
El árbol con pinches, un palo borracho aislado, rodeado de un pasto único en toda la plaza, a donde fuimos a descansar una vez con las bicicletas, estaba como usado. Como si lo hubieran trepado hace poco, algunas hojas (las primeras que se alcanzan a tocar cuando pisás la primera rama) estaban destrozadas y frescas. Es obvio para mí que Doyobi estuvo ahí. Lo que no sé es cuándo. Sí sé que estuvo, y que no importa cuándo; además pensó en mí y salió esa misma noche (o esta) a tomarse un montón de cervezas con una charla que no le interesó (o ahora no le está importando), sobre anécdotas del verano que le van contando; una chica le encanta, la invita a su casa y le pone un disco nuevo, que salió hace pocas semanas; no dura mucho, hasta el día siguiente. Que, en caso de que Doyobi hubiera estado en nuestra plaza ayer, sería hoy a la mañana; o, si estuvo hoy, va a pasar mañana: se va a despertar con alguien que le gusta al lado; pero ya es irreversible que trepó un árbol pensando en mí. Es un triunfo muy amplio: ontológico y gnoseológico; gnoseológico sobre todo, porque no hay día ni lección que puedan darle sus nuevas aventuras, que no venga a cuento de revivir, de alguna forma, nuestros días juntas. Todo lo conoce Doyobi junto a mí, todavía.